
Nunca he sido el típico británico. Si bien con el paso de los años mi país se ha vuelto cada vez más introspectivo, a mí siempre me han fascinado las culturas extranjeras. El primer idioma que aprendí fue el francés y lo estudié hasta alcanzar el nivel más alto posible en el sistema escolar inglés. Desde entonces he visitado con frecuencia de forma entusiasta diferentes regiones de Francia, lo que se hace más fácil ahora que vivo a menos de dos horas de la frontera. Y una parte considerable de mi trabajo de traducción es a partir de textos escritos en francés.
Cuando me mudé a Barcelona, llegué a una ciudad de dos culturas: la española y la catalana. Aprendí a hablar ambos idiomas con fluidez y pronto me di cuenta de que muchos catalanes no se consideran españoles. También viajé por España y aprendí que se compone de regiones muy distintas entre sí, con grandes diferencias marcadas por la climatología y la cultura entre, digamos, Galicia o el País Vasco en el norte y Andalucía en el sur. También descubrí regiones de América Latina de habla hispana, tras visitar Cuba y Argentina.
Toda esta comprensión cultural alimenta mi trabajo. Significa que no necesita decirme cosas que pasaría horas explicándole a otra persona. Solo tiene que decirme lo que necesita. Estaré a la escucha.
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